Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron.
 
La luz que en un vaso ardía en el suelo,
al muro arrojaba la sombra del lecho,
y entre aquella sombra veíase a intervalos dibujarse rígida la forma del cuerpo.
 
Despertaba el día y a su albor primero
con sus mil ruidos despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste de vida y misterio,
de luz y tinieblas, yo pensé un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!
 
Gustavo Adolfo Becker.

Crucifixión, Cuerpo hipercúbico, Dalí (1954)