¿Y cómo está su ciencia?
Julio Muñoz. En Proceso, 1999.

 
Cuentan que un experto en estadística se encontró con un amigo, quien muy afable le saludó, le inquirió sobre su situación profesional y después, obligado por la cortesía, le preguntó: “~,Cómo está tu mujer?”, a lo que el estadígrafo, haciendo honor al rigor que exige su ocupación, le respondió con otra pregunta: “, ¿Comparada con quien?”. Ante la pregunta sobre cómo está la ciencia mexicana, suele responderse en el mismo tenor: ¿comparada con la de cuál país?
 
En la entrevista que Rosario Manzanos les hizo a René Drucker y Julio Morán (Proceso 1133, 19 de julio de 1998), a la pregunta sobre cómo está la ciencia mexicana en el terreno internacional, Drucker responde: “Muy mal”, y fundamenta su juicio en la comparación cuantitativa.
 
Cuando se pregunta sobre el estado de algo, lo que se pide es una calificación, esto es, determinar la calidad o circunstancia de una persona, cosa o proceso. Pero, ¿cómo se determina la calidad de la ciencia? Calificar implica en efecto comparar respecto de un patrón (prototipo o modelo) que se quiere reproducir o que se adopta como referencia para juzgar la suficiencia o insuficiencia de lo que se califica, que puede ser el grado de avance de un proceso para alcanzar determinados fines. ¿Cuál es el prototipo que pretende reproducir la ciencia mexicana y cuáles son sus fines? Para calificar tendremos que escoger las unidades de medida pertinentes. Medir es comparar. ¿Con qué unidades se puede medir la calidad de la ciencia mexicana?
 
En la mencionada entrevista, Drucker mide y compara a la ciencia mexicana tomando como paradigma a la de Estados Unidos, y como unidades de medida, la proporción de investigadores en las poblaciones respectivas y el número de trabajos que publicamos en revistas reconocidas internacionalmente. Se califica la calidad a través de la cantidad. Drucker señala con justeza que las diferencias cuantitativas con EU son abismales. Es verdad. Publicamos menos que 1% de lo que publican nuestros vecinos del norte, y que aún si nos comparamos con países menos avanzados, como Brasil y España, en la comparación salimos mal parados. Nuestro rezago, declara Drucker, tiene que ver con un presupuesto insuficiente para fomentar el desarrollo de ciencias y técnicas. Acordemos que esa es una causa, pero no la única.
 
No deja de sorprender la valentía de este investigador, jefe de un departamento de la UNAM, premiado y distinguido por el sistema al cual ahora critica con singular arrojo, incluyendo en la crítica a su propia casa, que dice fue hecha para ser administrada. Seguramente tendrán motivos sus enojos con los administradores anamitas. También se queja y hasta hace mofa de que el presidente Zedillo haya anunciado que el presupuesto para ciencia y tecnología no sufrió recortes este año “. si de todos modos nos dan una miseria ¿qué nos van a recortar”, dijo Drucker, que está que trina, pero conviene advertir que el presupuesto general para esos rubros sí podría haberse recortado, como ha ocurrido en otros renglones, generales unos y particulares otros, que quizá le pasan de cerca. 
 
Por otra parte, no es cierto que el gasto federal en ciencia y tecnología sea en 1998 inferior al de 1981, como se dice en la entrevista. Hay que tener cuidado. El crédito de entrevistadora y entrevistado podrían mermar silos hechos se distorsionan. Lo cierto es que no incrementar el presupuesto significa posponer o truncar proyectos, y que como fracción del Producto Interno Bruto (PIB), el gasto federal en ciencia y tecnología sí anda por 0.35%, y nunca ha sido mucho mayor, mientras que en los países ricos, que han hecho crecer estos campos, la proporción se multiplica por 10 o 20, y además su PIB también es considerablemente más alto.
 
Se pueden encontrar razones sobradas para el lamento, la ironía o el choteo franco y la imprecación, pero nada resolveremos con la sola afinación de un conjunto plañidero y la petición reiterada de un presupuesto mayor. Dijo Drucker en la entrevista: Lo que realmente seria una buena noticia seria que este año nos van a dar más dinero, y yo me pregunto ¿a quiénes les darían más dinero y qué harían con él? Tal parece que René establece la igualdad (ciencia mexicana) = (científicos mexicanos). En nuestro sistema suele identificarse a la ciencia con unas cuantas personas. O quizá son ellas las que establecen la identidad al modo soberbio del rey sol.
 
Pero la actividad científica en este siglo que termina, y particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, se da en una estructura compleja que no se limita a tener investigadores contentos con el presupuesto que les asignan. Las estructuras científicas sólidas se arman y se sostiene con fundamento en un sistema educativo de buen nivel con el cual interacciona intensamente, con una distribución geopolítica homogénea en cuanto a densidad y calidad de los centros educativos y de investigación, y con modos de producción, apropiación, utilización y divulgación de los conocimientos científicos. Todo esto requiere de planeaciones a corto, mediano y largo plazos, y de adecuar los planes al máximo de recursos disponibles y a la clase de establecimiento científico que convenga tener.
 
Nosotros tendríamos que empezar por aumentar y mejorar las interacciones con el maltrecho sistema educativo —que incluye el postgrado— sin que ello implique disminuir las tareas propias de la investigación. Sin buena escuela científica y técnica, no podemos esperar que nuestro plantel de investigadores se amplíe y consolide, pero sin científicos y técnicos tampoco podremos tener esa escuela. Es claro que un presupuesto adecuado también es indispensable.
 
La ciencia mexicana ciertamente anda mal y a veces chiflamos. Dice el refrán que “Quien no chilla no mama”, y la experiencia enseña que los que más chillan son los que maman más, pero si en este momento se triplicase el presupuesto para la ciencia y se siguiesen los mismos criterios actuales para adjudicar los dineros, se hipertrofiarían las deformaciones que ya padecemos. Dentro de nuestro país también hay deficiencias abismales. La mala distribución de los recursos parece ser un estigma de las excolonias.
 
Si atribuimos lo escuálido de nuestra ciencia, únicamente a lo magro del presupuesto, se da la impresión de que si éste aumentase, la calificación de la ciencia mexicana mejoraría sin más. Admitamos que fuese así, pero veamos cuál podría ser la mejoría adoptando los criterios cuantitativos, que mucho tienen de burocrático y poco de científico.
 
Supongamos que dentro de un periodo razonable se triplican la inversión para la ciencia, el número de investigadores y el número de publicaciones en revistas internacionales. Supongamos, además, que la producción de trabajos en EU se estanca. Bajo estos supuestos improbables, al cabo de unos años estaríamos publicando algo menos de 3% de lo que se publica en ese país. ¿Es esa ia meta que perseguimos? ¿Para eso se pide que nos den más dinero? ¿A quién que no sea investigador le importa la cantidad de trabajos publicados? Quizá necesitemos plantear otras estrategias que favorezcan el desarrollo científico de México, dicho sea esto sin negar el valor de lo publicado internacionalmente y del crédito que afuera merezca nuestro trabajo.
 
Quizá convenga desprendernos de la obsesión cuantitativa y preparar el terreno para edificar una estructura sólida y de calidad. No nos convendría una magnífica torre de marfil para la ciencia, sino un edificio amplio, horizontal, bien comunicado y ventilado. ¿Qué modelo preferirá René Drucker? ¿Cómo asesorará a Cuauhtémoc Cárdenas respecto de estas cuestiones?
 
Las diferencias entre nuestro país y los llamados países desarrollados no estriban únicamente en el monto de la inversión para el desarrollo científico y técnico. Si tomamos como referente las diferencias de inversión, el número de investigadores, o la cantidad de trabajos publicados en revistas internacionales, la calificación va a seguir siendo mala durante un largo e imprevisible periodo. La ciencia mexicana se desarrolla en el subdesarrollo, valga la aparente paradoja. Y no me refiero al talento de los investigadores. Ya Descartes advirtió que la buena razón, esto es, la inteligencia, es el bien mejor repartido. 
 
En cuanto a calidad, la ciencia mexicana es respetable. La ciencia mexicana no está mal. Está como puede estar con todo su talento y su circunstancia. El subdesarrollo está no tanto en cl tamaño, sino en la ausencia de un patrón hecho a la medida, y que pueda ampliarse para cubrir con holgura la medida que podamos alcanzar. El subdesarrollo se manifiesta más en la falta de políticas realistas y previsoras y de definición de los objetivos deseados y posibles. Es cierto que la inversión estatal en educación, salud, ciencia y tecnología es insuficiente para satisfacer necesidades y expectativas, pero al mismo tiempo que reclamamos mayor inversión —y debemos hacerlo con mayor energía y argumentos más convincentes—, convendría sentamos a pensar y decidir qué clase de casa conviene tener en común. Con todo. Con el país.